EUROPA Y SUS IZQUIERDAS (1830-2000). Reseña de una trayectoria histórica para entender la situación actual del intento de la cuarta reordenación europea (la Unión Europea)
es un texto del miembro de la RED VASCA ROJA Iñaki Gil de San Vicente fechado el 1 de septiembre de 2000 y utilizado como texto inicial de un debate de la Izquierda Abertzale.
EUROPA Y SUS IZQUIERDAS (1830-2000).
Reseña de una trayectoria histórica para entender la situación actual del intento de la cuarta reordenación europea (la Unión Europea)
O.- PRESENTACION:
La agobiante rapidez con la que ha sido redactado este borrador exige explicar que incluso estando dedicado sólo a la evolución de las izquierdas europeas en su relación con el proceso de desarrollo de la Unión Europea, incluso así, se ha tenido que ceñir sólo a los aspectos más relevantes y encima con una superficialidad que apenas sirve sino para apuntar los problemas más importantes. Para apenas nada más. De todos modos, lo que se ha intentado ha sido, de un lado, ofrecer una imagen algo larga del proceso y de los problemas para combatir mejor tanta bazofia propagandística; de otro, sacar a la superficie algunas constantes que se reiteran variando de formas externas pero manteniendo su identidad, porque entendemos que son problemas estructurales que nos afectan a largo plazo, y por último, se ha pretendido también aportar algunas reflexiones sobre el previsible futuro de las izquierdas dentro de la fase histórica en la que ya se desarrolla el capitalismo europeo.
Desgraciadamente, las urgencias nos han imposibilitado totalmente estudiar las interacciones de estos problemas europeos con nuestros problemas euskaldunes, significativamente los más europeos de todos por sus raíces históricas. Pero que nadie llore porque unos se han librado de la txapa y otros, los masocas, con un poco de suerte podrán sufrir agradablemente durante el debate posterior.
1.- EL MITO DE LA UNIDAD EUROPEA:
La historia de Europa está condicionada por las sucesivas reordenaciones de poder y de hegemonía dentro de este continente, que no por la evolución de una supuesta "idea paneuropea" que, según algunos idealistas, existiría desde el Imperio Romano, y que posteriormente sería reactualizada por Carlomagno, el Sacro Imperio Romano Germánico, el Imperio de los Habsburgo, Napoleón I, los intentos germánicos por desplazar a la Gran Bretaña y controlar Europa entre 1860 y 1945 y, por fin, desde la mitad del siglo XX el proceso que se inicia con el Tratado de Roma y la Europa del Hierro y del Acero y concluye, por ahora, con el Tratado de Maastricht y su calendario hasta mediados de esta década.
Esta interpretación idealista y reaccionara, muy conveniente para las clases dominantes en la actual fase histórica del capitalismo, y en especial para la fracción financiera y de nuevas tecnologías, que son las que más decididamente está imponiendo desde arriba el actual proceso, olvida que las naciones y clases oprimidas no han participado apenas en la dirección de ese proceso, y cuando lo han hecho ha sido, hasta los debates dentro de la II internacional y especialmente en los primeros años de la revolución rusa, bajo la dirección política de sus clases dominantes. Está claro que las masas romanas no tenían en absoluto idea alguna de Europa como unidad, y menos aún una idea algo parecida a la actual. Una cosa es la ciudadanía romana concedida en el siglo III (decreto de Caracalla en el año 212 de nuestra era) a muchos pueblos incluso extraeuropeos, y otra cosa es el concepto actual. Tampoco podemos entender lo mismo por ciudadano hace 2000 años que ahora. Otro tanto hay que decir de las masas de soldados de diversas naciones centralizadas por los francos y Carlomagno. Podríamos seguir enumerando las diferencias cualitativas entre esas épocas y las actuales, pero no merece la pena.
Sí nos hemos extendido un poquito es precisamente para comprender cómo en todas las cuestiones en las que interviene la interpretación -que no argumentación- histórica hay que ser especialmente riguroso en la comparación entre épocas diferentes. En el fondo, como veremos más adelante, lo que buscan los poderes que desde la sombra están imponiendo la actual reordenación europea, es engañar a los pueblos, a las clases y a los sectores sociales para que acepten como "normal" y como la conclusión lógica de una larga "historia europea" el actual proceso. Así, convencidos de que nos retrotraemos a la gloria de la Atenas de Pericles, admitiremos más dócilmente la nueva explotación que nos están imponiendo. Eso quieren.
2.- ¿QUÉ ES UNA REORDENACION? :
¿Qué definimos por "reordenación" de las jerarquías europeas? Pues que periódicamente, dependiendo de factores que no podemos explicar aquí, las diversas potencias dominantes en Europa imponen tras feroces y prolongadas guerras y crisis de orden, una nueva jerarquía, un nuevo sistema de dominación en beneficio del Estado o de las alianzas de Estados triunfante tras ese conflicto. Es decir, las reordenaciones son los cambios que se imponen en las estructuras globales de poder dentro de Europa y que reflejan los cambios profundos en las estructuras económicas, políticas, militares y culturales que se han ido produciendo durante decenios y hasta siglos y que, de pronto, estallan en contradicciones tan duras que sólo la guerra o presiones y chantajes económicos muy fuertes pueden resolver en beneficio de las potencias emergentes y en detrimento de las envejecidas, de las que se han ido quedando atrás incapaces de mantener el ritmo de la competencia entre poderes.
Aquí no nos vamos a retraer a la historia romana y esclavista ni a la historia alto medieval y bajo medieval porque entendemos que sólo con la lenta irrupción histórica de la burguesía comercial y mercantil allá por el siglo XIII y con ella de la lucha de clases urbana allá por el siglo XIV, con los efectos cualitativos sobre los viejos Estados para ir transformándolos en Estados con un contenido burgués pequeño pero esencial y creciente, sólo a partir de éste corte que no será definitivo e irreversible hasta los siglos XVI-XVII, podemos analizar con rigor las sucesivas reordenaciones de fondo que han condicionado la historia europea y nuestro presente.
Pues bien, actualmente estamos de pleno dentro de la cuarta reordenación interna europea, que luego veremos, y las tres anteriores han sido, grosso modo expuestas: primera, la que se produjo a mediados del siglo XVII cuando los poderes burgueses norteeuropeos, fundamentalmente Holanda y Gran Bretaña, vencieron a los poderes del sureste, fundamentalmente la monarquía española y sus aliados católicos germanos e italianos. Esta reordenación, que concluyó tras una guerra europea que dura casi un siglo, fue decisiva para el posterior auge imparable del capitalismo comercial y de la primera oleada colonialista europea. La segunda reordenación se produjo en el primer tercio del siglo XIX al terminar las guerras napoleónicas que habían durado alrededor de un tercio de siglo y supuso la victoria definitiva del capitalismo inglés sobre el francés. Esta victoria que se sustentó en la superioridad industrial británica fue a su vez vital para que la revolución industrial iniciada en las islas a finales del siglo XVIII se extendiera imparablemente bajo el dominio imperialista británico primero por Europa y luego por algunas partes del planeta. La tercera, se produjo a finales de la Segunda Guerra mundial cuando EEUU y la URSS negociaron el reparto de Europa y había empezado desde 1914 con la Primera Guerra mundial, avanzando entre revoluciones y contrarrevoluciones.
Aunque el concepto de "izquierda política y social" proviene de la revolución francesa, es decir de los acontecimientos que fueron el desencadenante de la segunda reordenación, lo cierto es que ya en la primera fue muy importante la intervención de las masas oprimidas y de sus reivindicaciones sociales pues, desde las guerras campesinas e incluso desde la guerra de liberación nacional y social checa del siglo XV, ese malestar de las masas forzó con sus luchas frecuentemente sangrientas el desgaste del poder medieval y católico y fortaleció a la burguesía ascendente, que, al triunfar o incluso antes en bastantes casos, no dudó en aliarse con sus antiguos enemigos para aplastar sin piedad a las masas trabajadoras. Por lo general, las fuerzas democrático-burguesas europeas y al principio grandes sectores de las clases oprimidas apoyaron y se identificaron con la Revolución Francesa pero más o menos rápidamente, según los casos, se alejaron y hasta se opusieron decididamente al verse defraudados por la reacción burguesa autoritaria simbolizada en Napoleón.
Sin embargo, el cambio cualitativo en la intervención de las izquierdas en la vida colectiva europea se produjo desde el segundo tercio del siglo XIX al constituirse en el continente la clase trabajadora con conciencia de lucha -ya existía antes pero era pasiva e inconsciente- y al girar las burguesías europeas cada vez más hacia la derecha abandonando sus anteriores proclamas progresistas y democraticistas precisamente por miedo a esa conciencia obrera, pero también muy preocupada por otros tres problemas emergentes como son, uno, el surgimiento de reivindicaciones nacionales democráticas de los pueblos oprimidos por los Estados resultantes de la segunda reordenación; dos, el surgimiento paulatino de la conciencia de las mujeres que ya apareció a finales del siglo XVIII y se fue extendiendo después, y tercero, el aumento de las luchas de resistencia anticolonial de los pueblos no europeos que empezaban a darse entonces, amenazando las enormes rapiñas y expoliaciones europeas. Las sucesivas fases u oleadas de luchas de 1830, 1848 y 1871son saltos cualitativos en este nivel estratégico que marcaron profundamente la vida continental, determinando todas sus formas de manifestación, desde la economía capitalista hasta el arte y la religión, sin olvidarnos, desde luego, de las reivindicaciones nacionales y feministas. Generalmente, la historia oficial burguesa olvida, silencia o niega esta realidad, y la actual propaganda la presenta como el inicio de los "problemas históricos" que al estallar brutalmente en la primera mitad del siglo XX "demuestran" la urgencia de la actual reordenación.
3.- EL PERIODO 1830-1917:
Debemos detenernos especialmente en el cambio que significó el período 1848-1871, pues en él se formó definitivamente el bloque izquierdista que, con adecuaciones y transformaciones, sigue en la actualidad. Inicialmente, la idea de elaborar una política común europea desde la izquierda era extremadamente débil en el socialismo utópico, y, desde luego no tenía nada que ver con el modelo actual. En un texto decisivo en todos los sentidos -el Manifiesto Comunista de 1848- esta idea sólo se plasma en el internacionalismo obrero y en sus manifestaciones necesariamente de lucha nacional, pero no desde la perspectiva europea. Desde la década de 1850 y al son de los cambios socioeconómicos, la preocupación por las tensiones interburguesas y en especial por los prolongados conflictos de Polonia con Rusia y de Irlanda con Gran Bretaña, así como por la situación en Italia y la península ibérica , por esos factores que se van agudizando, las izquierdas europeas empiezan a estudiar el "problema europeo" con más detenimiento. La expansión alemana que desde finales de esa década y comienzos de la de 1860 se acelera hasta llegar a su cénit en 1871, no hace sino incrementar las preocupaciones en este sentido.
Por último, para no extendernos, entre 1871 y finales del siglo XIX, la preocupación por el militarismo y el colonialismo es de tal calibre que las izquierdas europeas dan pasos teórico-formales de una transcendencia que no debemos olvidar. Por ejemplo cuando deciden varias veces que declararán la Huelga General europea si estallase una guerra como la de 1871. Conviene recordar en este sentido la sorprendente y certera premonición de Engels cómo sería una nueva guerra europea y sus efectos devastadores, reflexiones de un alcance teórico inexistente en el pensamiento burgués y sólo igualado por los análisis de Marx del desplazamiento de las crisis irreconciliables de Gran Bretaña a Alemania, y de Alemania a la Rusia zarista, como efectivamente sucedió.
No podemos tocar aquí el proceso de pudrimiento de la II Internacional. Para comienzos del siglo XX las izquierdas europeas sufrían en su interior una seria contradicción porque si bien, de un lado, se fortalecían en todo el continente y debatían con una profundidad exhaustiva el paso del capitalismo de su fase colonial a su fase imperialista, que tuvo efectos irreversibles en la historia europea y mundial, de otro lado, por el contrario, se integraban paulatinamente en el orden establecido vía economicismo y parlamentarismo. Verdad es que mantenían en su palabrería ceremonial los llamamientos a la Huelga General y, según los casos, a la Huelga de Masas -un matiz que reflejaba profundas diferencias políticas- y su condena al colonialismo y sus efectos, pero en la práctica incluso algunos dirigentes plantearon que se abandonasen esos principios y se apoyase la "tarea civilizadora de la colonización europea". Además, como se demuestra revisando los textos y los lectores, la formación política era extremadamente pobre. Sólo sectores radicales anarquistas, anarco-comunistas, sindicalistas revolucionarios, bolcheviques, socialistas de izquierda, y poco más, mantenían en pie los programas teóricos elaborador en los años anteriores y que reflejaban los avances en las luchas sociales. Los debates mantenidos tras la oleada de grandes huelgas de 1905 y de la revolución rusa de ese mismo año expresan el lento pero imparable desplazamiento al centro reformista de las organizaciones sindicales y políticas de las izquierdas.
Pues bien, en estas izquierdas se había producido un estancamiento en su ideario internacionalista y europeísta, limitándose a defender pasivamente las resoluciones anteriores frente a la ofensiva reformista que optaba por una clara toma de postura a favor de sus respectivas burguesías nacionales o estatales. Fue tan así que incluso esas izquierdas sufrieron un terrible shock y un bajón de moral y conciencia revolucionarias cuando uno tras otro todos los partidos "izquierdistas" optaban incondicionalmente por la defensa de sus burguesías en agosto de 1914, cuando estalló la Primera Guerra mundial. Fueron muy reducidas minorías las que, como Rosa Luxemburg, Karl Liebeknetch y otros, se negaron a ello. El propio Lenin no daba crédito a las primeras noticias sobre las decisiones de las izquierdas de apoyar a sus burguesías y cuando se convenció de ello entró en una desmoralización y desorientación de varios días porque se le habían hundido todos los esquemas anteriores.
4.- EL PERÍODO 1917-1990:
Las reacciones de las izquierdas tardaron algunos meses y al cabo de un año de guerra aproximadamente, ya habían surgido las primeras críticas internas y proyectos iniciales para reorganizar a los sectores revolucionarios y pacifistas, pero lo tenían muy crudo por el apoyo de las masas alienadas a sus respectivos imperialismos. Es de destacar en este período el importante esfuerzo de la llamada II Internacional y media, o "grupo de Zimmerman" que empezó a coordinar en durísimas condiciones a los sectores críticos. Pero fueron dos grandes transformaciones las que facilitaron esta tarea: una, la extrema letalidad de la guerra y su estancamiento, que para comienzos de 1916 empezó ya a minar la moral de algunos soldados y de la retaguardia, en un proceso que no se detendría desde entonces y que facilitó mucho la recuperación de los militantes clandestinos y, otra, la descomposición de Rusia y la revolución de febrero de 1917, que abrió un proceso imparable hasta octubre de ese año. Y en ese momento la intervención bolchevique primero con la consigna de volver la guerra imperialista en guerra civil y en negociar la paz inmediatamente, esta consigna fue decisiva y con efectos sísmicos entre los pueblos y clases oprimidas europeas. Después, algo más tarde, al acabar la guerra y cuando el capitalismo europeo agotado y ya dominado por EEUU empezó a acariciar la idea de una mayor coordinación europea, los bolcheviques respondieron con la propuesta novedosa y muy válida de la confraternización de los Estados socialistas europeos.
Desgraciadamente, el esperanzador movimiento entonces iniciado se apagó muy rápidamente porque, de un lado, fueron aplastadas las sucesivas revoluciones y huelgas revolucionarias que se enseñorearon por la mayoría del continente, llegando hasta Gran Bretaña; por otra parte, la socialdemocracia tomó las armas para defender el capitalismo y para destrozar al movimiento obrero; además, esos retrocesos aislaron a la joven URSS precisamente cuando ésta estaba siendo invadida por doce -12- ejércitos europeos en apoyo a la contrarrevolución zarista, guerra que agotó al país; por último, el capitalismo no se anduvo con paños calientes y durante los años veinte y sobre todo los treinta lanzó contrarrevoluciones fascistas, nazis y militaristas allí donde pudo, arrasando sin misericordia incluso a la fiel socialdemocracia que le había salvado años antes. Por si fuera poco, en 1929 la crisis económica dio un salto drástico arrastrando a todos los países. Ya para entonces en la URSS se habían producido cambios internos, subiendo al poder una nueva casta burocrática como efecto del agotamiento casi hasta la extinción física por hambre y tuberculosis del país, justificando su programa con la nueva teoría del socialismo en un solo país y con la excusa del retroceso de las luchas revolucionarias, ralentizó el proceso revolucionario y abrió el sendero de las purgas contrarrevolucionarias de mediados de los años treinta, que liquidaron casi la totalidad de las fuerzas revolucionarias que habían sobrevivido al período 1914-1917-1922.
No existían por tanto condiciones objetivas ni subjetivas para que en el período de 1914-1939 apareciera un modelo izquierdista de Europa. La URSS abandonó la idea leninista anterior y empezó a dar tumbos en su política exterior siempre a la defensiva, iniciando un período que no podemos exponer aquí. Por otra parte, las duras derechas europeas, totalmente de acuerdo con la ideología nazi-fascista aunque muchas de ellas se callaron por miedo a sus clases oprimidas -recordemos que en Gran Bretaña hasta la propia reina madre era pro-nazi como se ha sabido recientemente y el mismo Churchill reconoció en verano de 1940 que no le sorprendería un pronunciamiento pro-nazi en el gobierno británico- tenían un proyecto continental alejado de la palabrería diplomática de la Liga de Naciones, a la que seguían perteneciendo más por obligación internacional que por convencimiento propio. Pero este convencimiento respondía a los diversos intereses imperialistas de los Estados, los mismos que les llevaron a no poder acordar una paz con Hitler a fin de dejarle manos libres para su añorada destrucción de la URSS, objetivo estratégico primero y decisivo del nazismo, que sólo pensó en atacar al Estado francés cuando comprendió que esa alianza antisoviética no tenía lugar.